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lunes, 1 de noviembre de 2010

LEGO EN LA MATERIA




   El jurado popular, es un intento de hacer que el ciudadano participe del entramado jurídico, y así se contemple en él, las condiciones democráticas presentes en el resto de organismos públicos. Es un avance hacia la absoluta independencia judicial. 
Si lo tratamos desde un ángulo meramente político, quizá no haya motivo de debate, la figura del jurado popular es en su origen una decisión política, la constitución la apoya claramente en su artículo 125; aunque, sí podría discutirse si supone la dinamización de la justicia, puesto que su politización no parece el estado más natural de la misma. Sus detractores arguyen que es un proceso muy costoso, que no se corresponde con su eficacia. 
Sin embargo, tratado desde una perspectiva ética, las dudas y contradicciones asoman aun sin proponérnoslo. La sola idea de tener que juzgar a otro ser humano me sobrecoge. Ni que decir tiene, que no me siento capacitada para evaluar unos actos al margen del contenido estético, sentimental, social e incluso poético, que la persona responsable de ellos pueda llegar a transmitirme…

En derecho, la congruente distancia entre el reo y sus juzgadores, debía ser, no solo un imperativo legal, sino también, una necesidad objetiva. De pronto la imagen alegórica de la justicia con los ojos vendados, parece quedar ya muy lejos. Ahora la justicia tiene ojos, dieciocho para ser más exacto, nueve corazones con latidos diferentes, nueve vidas con experiencias distintas, con distintas inquietudes, distintos puntos de vista, distintos credos y realidades… nueve seres humanos, llenos de frustraciones, penas, quebrantos, alegrías, y sueños. Nueve ciudadanos que tendrán, pese a ello, que ponerse de acuerdo. ¿Sabrán sus ojos, juzgar al margen de todos esos elementos adyacentes?


¿Sabría, yo, mantener al margen de mi juicio, mi inquebrantable idea, de que el hombre es bueno por naturaleza? ¿En qué medida los hechos pueden difuminarse ante una imagen presente, llorosa o no, con vida propia? ¿Hasta qué punto las palabras de un fiscal o de un abogado defensor, podrían distraerme de esos hechos, y hacerme ver lo que los hechos no reflejan? ¿Puede decirse que la verdad, esta tan solo en los hechos? 

Gracias al jurado popular, se contemplan atenuantes que la ley ni siquiera atisba. Se hallan motivos y “porqués”, que la justicia ni siquiera busca. Pero, ¿son estos hallazgos acertados? 
En la breve experiencia con jurados populares en nuestro país, los resultados son un tanto desalentadores; en muchas ocasiones, el mismo hecho tiene una respuesta jurídica diametralmente opuesta en función de que la causa la falle un Tribunal del Derecho o el Tribunal del Jurado, lo cual me resulta un tanto inquietante. 
Casos como el de Nagore Laffage, en las que un tribunal popular declara a su asesino Yllanes, autor de un homicidio y no de asesinato como solicitaba la familia y el fiscal, variando notablemente la codena, o el de Jacobo Piñeiro acusado y absuelto por un jurado popular de propinar 57 puñaladas causantes de la muerte de dos homosexuales, o el de Dolores Vázquez, condenada por un jurado popular y absuelta más tarde por el tribunal superior de justicia, sentencia que ratificaría después el supremo, o el más próximo, el de Pilar Marcos, absuelta por un tribunal popular, de la acusación de homicidio contra la figura de su marido de 77 años, son veredictos claramente escandalosos, no ya por el trasfondo humano que arrastran y que sin duda la ley debe tener en cuenta, sino por la realidad que esconden. Actos injustoS acometidos no por un organismo que puede ser investigado, refutado y delimitado en sus atribuciones, sino por un grupo de ciudadanos, que mas que creer en los hechos, creen en los sentimientos, no está mal, pero, como vemos, no siempre es justo. 

Me gusta la idea de poder ver más allá de los hechos, pero me asusta que lo que se vea no sea lo correcto. Mientras en todos los campos se nos orienta a la profesionalidad y la preparación, el jurado popular, lego en la materia, es el encargado de darle un corazón a la ley, y de hacer piadosa a la justicia, pero la ley es una simple herramienta, y la justicia, una aspiración humana.

El Cesar se siente a gusto, lo presiento, es preciso mantener el equilibrio entre el bien y el mal, y busca desesperadamente compromisarios para lograrlo.


A.M.G

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